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Riqueza y pobreza

Un paraíso por construir

Riqueza y pobreza son las dos palabras que utilizaría para describir a uno de los 13 países que forman la América insular, República Dominicana, o lo que he podido conocer de este maravilloso lugar. Y puede parecer algo contradictorio, el utilizar dos adjetivos que en principio son opuestos, para definir a una sola tierra, a un solo país.

Un lugar donde abunda la felicidad, a pesar de ser uno de los países en los que la pobreza protagoniza numerosas escenas. Un lugar donde te sientes acogido, y donde te ofrecen todo lo que tienen, a pesar de que carezcan de las necesidades básicas necesarias, como agua potable, comida, o un techo, cosas que a veces pensamos que vienen solas, que todo el mundo tiene, y dejamos de valorarlas y sentirnos afortunados de poder disponer de ellas cada día. Un lugar donde cada rincón es especial, donde la naturaleza es la protagonista, a pesar de la gran suciedad, que se acumula en muchos lugares por la falta de recursos y medios en equipos de limpieza. Trabajadores humildes, limpiadoras, camareras, conductoras, detrás de las cuales se esconde una familia con varias bocas a las que alimentar, y en muchas ocasiones, a través de un único salario, que presume de ser digno, a pesar de considerarse injusto, no igualitario, y abusivo respecto al número de horas trabajadas.

Cada rincón que he tenido la oportunidad de conocer ha sido más maravilloso que el anterior, a pesar de encontrarte paisajes protagonizados por la pobreza, por animales en los huesos, por niños de 3 años pidiendo solos en carreteras desiertas. Por el exceso de natalidad, provocado por la mala o nula educación sexual que reciben, y de la mano de esto, una alarmante tasa de mortalidad, por desconocimiento sobre los recursos necesarios para sostener a una familia, y por un país en el que un turista vale casi más que cualquier ciudadano dominicano.

Un lugar en el que el descontento y la escasez se camufla a través de una sonrisa, donde el conformismo y el desconocimiento dan lugar a la explotación laboral, y donde se vende un paraíso de lugares mágicos y únicos, y se esconde toda la pobreza, la falta de recursos y de educación de la mayor parte de la población. Un lugar que, si te adentras en él, no te deja indiferente, que despierta tus sentidos, que te invita a reflexionar, a valorar cada cosa que tienes, y a volver. A volver para darte cuenta de la dura realidad que se vive a tantos kilómetros, pero que también la puedes encontrar, desgraciadamente, en tu mismo barrio o ciudad, una realidad que tantas veces olvidas o ignoras. Volver para dejar una parte de ti allí, para irte con las manos vacías, de haber dado todo lo que tu voluntad te permita, y paradójicamente, regresar cargado de cosas que difícilmente se pueden expresar con palabras, pero se encuentran en el brillo de unos ojos, en las sonrisas ajenas, y en el abrazo de alguien a quien le has podido cambiar su mundo.

Un verdadero paraíso que, como todo, tiene su parte oscura, y la importante tarea en nuestra mano de poder cambiar y mejorar la realidad de miles de familias. Una tarea que está muy lejos de ser fácil, pero cuya recompensa llena más que cualquier premio que puedas imaginar.

Os invitamos, a todos los que habéis llegado hasta aquí, que no pasen desapercibidas las injusticias por vuestro lado, que no os quedéis con los brazos cruzados. Que busquéis soluciones a esta pobreza, que creemos una generación de la que se puedan inspirar las próximas, y ser ejemplo de solidaridad, de ayuda, de humanidad. Que, si tenéis la oportunidad, viajéis, y no hace falta irse tan lejos para darse cuenta de las grandes carencias que millones de personas viven.

Que trabajéis, estudiéis, y construyáis, con cada cosa que hagáis, un mundo mejor, donde cada vez queden menos cosas por hacer, y podamos disfrutar del maravilloso planeta en el que vivimos, y hacer que, quien lo tenga más difícil, pueda disfrutar de nuestra mano.

Paula Marín Ramos

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